Escrito por Igroso
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Corría el mes de junio de 1993 y Julián Segovia había optado, harto de mendigar unos jugadores que emigraban a Cebolla, Carpio o Los Navalmorales en busca de los mil duros por partido, por finiquitar un UD Santa María con 17 años de historia. Los resultados de una campaña nefasta fueron el argumento esgrimido por Segovia para recabar la ayuda de Pedro Palomeque y José Manuel Rodríguez, a la sazón presidentes de los clubes Peña Real Madrid y Peña Athlétic Club de Bilbao en Talavera. Así, de la fusión de estas tres entidades netamente talaveranas, nacía el club Unión Deportiva Talavera, un proyecto ambicioso, pero a su vez “taimado” por cuestiones varias: la dependencia de los padres en el aspecto económico y la escasa infraestructura deportiva de una ciudad que no era capaz de poder albergar con dignidad la actividad de cerca de 500 chavales distribuidos en veinticinco equipos. Surgieron, de entrada, las divergencias y los blancos de la Peña Real Madrid abandonaron el barco al concluir la primera temporada. Una campaña que nació con muchas lagunas, merced a que el equipo más representativo jamás ofreció las garantías de espejo que un proyecto como el unionista necesitaba. Como pudo se concluyó una temporada en la que se perdió la categoría y en la que la mayoría de los jugadores que se enfundaban la casaca azulina procedían de los equipos juveniles. Fernando Retamal, responsable técnico del primer equipo, no había estado, por asuntos propios, todo lo diligente que el proyecto -formado por y para él- se merecia.
   
Mejoraron las cosas en la temporada siguiente, 1994-95, también con Retamal en el banquillo del primer equipo, y se cimentó un conjunto que en las matinales del campo municipal del Barrio de Santa María hacía divertirse a los espectadores, pero la bisoñez de los jugadores tampoco permitió una clasificación acorde a lo previsto. Al término de esa temporada, la segunda, Retamal es convencido por su amigo Miguel Angel Iglesias -secretario técnico del Talavera CF- y marcha hacia el Municipal El Prado con Gustavo, Pedrito, Víctor Alcaide, José Maria, García y demás jugadores exunionistas de su mano. Otros jugadores azulones, como Ovidio, Quintas y Oliver, se aposentan en un Torpedo 66 de Cebolla que acaba de ascender a Tercera.
   
Segovia monta en cólera porque ve que su proyecto se desmorona. El juvenil Rubén Tornero paga “las consecuencias” al no obtener la carta de libertad que el Talavera CF que presidía su tío Ignacio Valero requería para enrolarse en sus filas y la distancia con el club blanquiazul aumenta hasta hacerse insalvable. Esa campaña, Segovia echa mano de Benjamín Sánchez como entrenador del primer equipo de la Unión y el técnico recupera jugadores de toda la vida en el UD Santa María. Es la temporada de le reestructuración en el fútbol de Castilla-La Mancha y al cabo de la campaña 1995-96 sólo se consigue hacer un papel discreto.
   
Sin excesivas penurias económicas, a pesar de mantener un equipo en División Nacional de Juveniles, la temporada 1996-97 se inicia con una revolución en el aspecto social: Segovia ficha a Martín García Muñoz para dirigir al primer equipo uinonista y el técnico-policía se trae de la mano a su “cuadra” de jugadores tras las positivas experiencias deportivas vividas por uno y otros en el CD Carpio. No hay la menor duda del éxito y la Unión se pasea, literalmente, por todos y cada uno de los campos en los que disputa encuentros oficiales, culminando la temporada con el ascenso a Primera Autonómica. Todo lo contrario que el equipo juvenil que, tras la marcha de Pepillo Mena al Real Madrid CF, perdió la categoría nacional, merced a un “favor” de los paisanos del Talavera CF entonces dirigido por Manolo Trigueros.
   
Cuando parece que el proyecto comienza a tomar forma y los chavales ya tienen el espejo en el que mirarse -a un paso de Tercera División-, Martín García abandona la disciplina azulona por asuntos propios con todo ya planificado. José Luis Sánchez Rivero, recién elegido presidente como sustituto de un Segovia que se centra en sus labores como federativo de la Federación de Fútbol de Castilla-La Mancha, apela a Alejandro Conde, hasta entonces en el juvenil, para que se haga cargo de la dirección técnica del primer equipo de los Goyo, Luisfer, Robert, Francisco, Granados y compañía. Para apuntalarlo se trae a Ortiz y Javier Cedenilla y en Primera Autonómica el conjunto deja impronta la campaña 1997-98, en la que sólo es superado por un CD Toledo B que asciende a Tercera División. Hay que disputar los play-off frente a los ciudarrealeños del Piedrabuena y, aunque no se consigue de forma directa, el ascenso a Segunda B del Conquense favorece al club azulón, que así logra su primer ascenso a Tercera división con poco más de cuatro años de vida.
   
El debut en categoría nacional, la temporada 1998-99, no se inicia bajo premisas de optimismo. No hay infraestructura, a pesar de disputar los primeros partidos en El Prado, y las arcas no dan para solventar con diligencia unas premisas económicas que ya en esta categoría resultan indispensables. Todo ello se refleja en lo deportivo y el equipo no es capaz de salir de los puestos peligrosos de la clasificación. Se opta por volver a sentir el “calor humano” del campo del Barrio de Santa María buscando un resurgimiento deportivo que “anime” a un presidente a seguir al pie del cañón. Sánchez Rivero, escaso de apoyos, dimite y, tras un breve proceso electoral, Daniel Cordero se hace cargo de un club que como primer paso necesita una inyección económica que incentive los intereses deportivos. Con poco tiempo en el cargo, Cordero opta por buscar alternativas a una situación deportiva crítica y, tras incorporar al club, a Mariano Gómez -ausente entonces- al frente de la Secretaría Técnica, llega a un acuerdo con Angel Bernabé para, con el veladino en el banquillo, afrontar la segunda vuelta con ilusiones de permanencia. Hay atisbos de mejora, pero el esprint final no permite conservar la categoría.
   
Cordero no ceja en su empeño por recuperar lo perdido y la campaña 1999-2000 se afronta con un único objetivo: volver a Tercera División. Todo es similar a la temporada anterior y Gómez Romano y Bernabé confían en una plantilla que, salvo Arrogante y José María, que se van al Torpedo 66, es la misma del año anterior. Retorna Robert, se incorpora Salinero y los Ortiz, Carlos, Gustavo, Sergio, Fran y compañía no tienen un solo rival que les frene en toda la liga. Con varias jornadas de antelación el equipo está, de nuevo, en Tercera División y Angel Bernabé, que tiene a Justo Sánchez de segundo, dispone del suficiente tiempo por delante para preparar la siguiente campaña con el objetivo de consolidar al equipo en la categoría naciopnal.
   
Daniel Cordero, que ha reforzado algunas parcelas administrativas en el club, afronta la temporada 2000-2001 con un nuevo imponderable: deberá disputar los encuentros lejos del Municipal de Santa Maria, puesto que desde el seno federativo se insta a que la ubicación del terreno de juego no es la más idónea para partidos de categoría nacional, una vez asumidas las quejas de varios equipos en la temporada 1998-99. Gamonal y Talavera la Nueva, con la opción remota de Velada, son las localidades candidatas a recibir a los unionistas como sede oficial, una vez que el entonces alcalde de Talavera, José Francisco Rivas, y su equipo de Gobierno no les permiten utilizar El Prado. La decisión se consensúa entre Cordero y Bernabé y se opta por Talavera la Nueva, que recibe con los brazos abiertos a los azulones.
   
El “destierro” no se inicia de un modo positivo en lo social: primero, el asesinato en agosto de José Angel de Jesús -muchos años defendiendo la casaca de la Unión- víctima de un atentado terrorista en Sallent de Gállego, en cuyo cuartel de la Guardia Civil estaba destinado; y, poco después, la muerte inesperada de José Hernando, el hombre de confianza de Cordero en su junta directiva. Todo lo contrario que en lo deportivo para un equipo, mezcla de veterania y juventud, en el que Julio César, Carlos, Gustavo y Mario se convierten en el conjunto sorpresa de la categoría, hasta ser al final de temporada el mejor equipo toledano, por delante de Torpedo 66 y CD Torrijos. Las cosas bien hechas, en lo administrativo y en lo deportivo, a pesar del hándicap del “exilio” a Talaverilla, habían tenido fiel y positivo reflejo en el terreno de juego, que además se vio ampliado con el ascenso del equipo juvenil a categoría nacional de la mano de Pedro Adrado.


¿Se continuaría el proyecto? La interrogante, a priori, no era de fácil respuesta. Cordero alimentaba la idea presidencialista del Talavera CF una vez conocida la noticia de la marcha de Ignacio Valero. Y eso le mantenía en la duda de dejar la de la Unión. Bernabé ya estaba “atado” por Fernando Núñez, delfín de Valero, como ‘míster’ blanquiazul. Pero todo cambió en veinticuatro horas, una vez que Valero se despachó a gusto “prohibiendo” que el propio Daniel Cordero fuera, siquiera, precandidato. El proceso electoral abierto en Talavera CF y Unión deportiva Talavera se cerró pronto y Cordero, al que el entonces concejal de Deportes, Julio Fernández Royón, prometió que utilizaría El Prado, optaba por seguir como presidente unionista aclamado en la asamblea constituyente del proceso electoral en el club.
   
Era el mes de mayo de 2001 y había el suficiente tiempo por delante para hacer bien las cosas; o eso parecía. Algo que hoy permanece con muchas dudas en los anales de la corta historia unionista. No será este el lugar en el que entremos en valoraciones que por los interesados podrían calificarse como subjetivas, pero lo único cierto es que la Unión Deportiva Talavera de la campaña 2001-02 vivió su etapa más tumultuosa de todas. Se fueron del staff el vicepresidente, Julián Segovia; el secretario, Ignacio Rodríguez; Mariano Gómez y jugadores emblemáticos como Gustavo, Julio César, Javi Martín, Carlos, Mario y otros. Llegaron Martín Nombela, como entrenador del primer equipo; Javier Rodríguez, como vicepresidente; Galdarra, Tito, Juan, Gago, Sergi y los moralos Gorrilla y Oliver, entre otros jugadores. Sí se jugó en el Prado, como había prometido el concejal, pero hasta que comenzaron las lluvias. Ya entonces se arrastraba el equipo por los últimos puestos y se había cesado a Martín Nombela, sustituido por el propio Javier Rodríguez. Por otro lado, lo económico era un desastre y las perspectivas de cambio, pura utopía. Con el año caminando inexorablemente hasta su final, los rumores de dimisión del presidente se multiplicaron. Las discrepancias entre Cordero, Rodríguez y la plantilla fueron ya insalvables y el máximo mandatario dejaba su cargo en enero.
   
Una junta gestora encabezada por Pedro Adrado e integrada por los jugadores más veteranos de la plantilla acabó como pudo una campaña en la que se perdió la categoría descendiendo a Primera Autonómica, tras concluir en última posición de la tabla. Poco después, Pedro Angel Rosado era elegido presidente del club. Con el propio Adrado y Carlos Sánchez, en la Secretaría, como tridente operativo, el nuevo presidente planificó la campaña 2002-03 en Primera Autonómica sin objetivos pretenciosos y con Carlos del Rivero como técnico al frente de una joven plantilla que hizo un digno papel y preparó el camino de lo que, a la temporada siguiente, la 2003-04, ya con Del Rivero en la Concejalía de Deportes del Gobierno Municipal talaverano y con Miguel Angel Iglesias como entrenador del equipo unionista, sería el segundo ascenso a Tercera División.
   
Esta es la breve pero intensa historia de la primera década de vida de la UD Talavera, cuyo décimo aniversario se cumplió el mes de junio de 2003. Diez primeros años de existencia de una Unión Deportiva Talavera que tiene ante sí un proyecto consolidado, tanto en lo económico como en lo deportivo. Las nuevas formas de la junta directiva presidida por Pedro Angel Rosado, con Miguel Angel García ‘Corona’ de vicepresidente desde el principio de la andadura gestora que ambos iniciaron en la primavera de 2002, parecen haber calado profundamente en el seno de la familia unionista y cada día son más los aficionados de la ciudad que comulgan con unas ideas en las que lo básico es la formación de los jóvenes como deportistas, pero antes como personas. Las hojas de inscripción para que sus hijos ingresen en la Escuela Municipal de la UD Talavera se demandan masivamente porque confían, y se entusiasman, con el actual proyecto unionista de formación…

En nuestro deseo, el sincero reconocimiento a cuantos, de una forma u otra, han hecho posible este décimo aniversario, que confiamos pueda, como mínimo, duplicarse.

Igroso. Junio de 2004